La boda fue la semana pasada. Pero el vestido y el traje todavía tenían algo que decir. Así que agarraron la guitarra, se subieron al auto y se perdieron en una hacienda mexicana. Él se sentó en una pared de piedra y rasgó unas notas sin prisa. Ella, con el velo aún colgando, se recostó a su lado y cantó bajito. No era una canción de verdad, solo una melodía de domingo, de esas que no se graban pero se quedan. Las fotos salieron como de un disco de vinilo: sin filtros, sin poses, solo ellos dos y el viento moviendo las cuerdas. 📸