Caminaron por La Ronda cuando el sol ya no pegaba tan fuerte. Ella llevaba un vestido suelto, él una chaqueta de lino. Se detuvieron en cada esquina a mirar los faroles viejos, se rieron de sus propias sombras en las paredes de piedra. En una de esas tiendas de artesanías, él le regaló un sombrero de paja que ella no se quitó en toda la tarde. Luego, un helado sentados en el empedrado, y un beso robado mientras sonaba una guitarra desde algún balcón. Las fotos salieron con ese aire de las tardes que no quieres que terminen. 📸